Mary Roach

“La gente no puede imaginarse cuánto echaría de menos el mundo natural si llegara a perderlo. He leído sobre tripulantes de submarinos que suelen ir a la sala del sonar para escuchar las canciones de las ballenas y los sonidos de las colonias de camarones. Los capitanes de submarino gratifican con la ‘libertad de periscopio’, una oportunidad para observar nubes, aves y costas y recordar que el mundo natural todavía sigue ahí.

Una vez conocí a un hombre que me dijo que después de aterrizar en Christchurch, Nueva Zelanda, tras pasar el invierno en una estación científica en el Polo Sur, pasó junto a sus compañeros un par de días simplemente paseando y mirando con deleite flores y árboles. En una ocasión, uno de ellos vio a una mujer con un cochecito. ‘¡Un bebé!’, gritó, y todos corrieron a verlo. La mujer salió huyendo.


No hay un ambiente más estéril y antinatural que el espacio. Astronautas que no estaban antes interesados en la jardinería pasan horas atendiendo invernaderos experimentales. ‘Nos encantan’, decía el cosmonauta Vladislav Volkov de las pequeñas plantas de lino con las que convivían en la Salyut 1, la primera estación espacial soviética.


En órbita aún es posible mirar por la ventanilla y ver el mundo natural. En una misión a Marte, una vez que los astronautas pierdan de vista la Tierra no verán nada al otro lado de la ventanilla. ‘Estarás bañado por una luz solar permanente, así que no verás ninguna estrella’, me explicó el astronauta Andy Thomas. ‘Todo lo que verás es negro”.

2 COMMENTS

  1. Bueno… todo es un proceso.
    Cuando yo era niño, si a alguien le regalaban un balón jugábamos al fútbol en la calle y teníamos que parar para que pasaran las vacas. Después, casi siempre, nos teníamos que ir a otro sitio no fuera a ser que el balón cayera en una plasta.
    Mis hijos no han visto una vaca; sólo una cabra y algún cerdito en la granja escuela. No creo que las echen de menos.
    Es cuestión de acostumbrarse.

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