El Cambio Climático que estamos experimentando tiene como causa principal el aumento de las emisiones de CO2 liberadas por las actividades humanas. Dado que la solución obvia, es decir, la reducción de las emisiones, no es fácil, muchos científicos estudian posibilidades que, si bien no resuelven el problema, podrían retrasarlo con el objeto de ganar tiempo para que podamos ponernos de acuerdo en afrontar el problema desde una perspectiva global.
Dos artículos publicados en Science estudian los pros y contras de intervenir en la capa nubosa para reducir los efectos del aumento de la temperatura media del planeta.
El primero, firmado por Ulrike Lohmann y Blaž Gasparini de ETH en Zurich, Suiza, propone manipular cierto tipo de nubes llamadas cirros. Los cirros son nubes veladas que se crean de a gran altura, entre 10 y 12 km. Su escasa densidad deja pasar la luz del Sol, pero impide la salida de las radiaciones de onda larga favoreciendo de esa manera el efecto invernadero.
Los cirros están formados por pequeños cristales de hielo que crecen por nucleación. Los núcleos o semillas que favorecen la formación de los cristales pueden ser de dos tipos: moléculas de compuestos de azufre fundamentalmente, como el ácido sulfúrico, o partículas de mayor tamaño, preferentemente pequeños granos de polvo procedente de los desiertos.
La propuesta consiste en liberar partículas de polvo o ciertas sustancias, como el ioduro de bismuto, que tienen gran afinidad por el vapor de agua y forman grandes cristales de hielo, a una altitud menor de la habitual en los cirros. La siembra tiene dos ventajas, por un lado al formarse los cirros más abajo, reflejarían al espacio la parte de la radiación de onda larga generada encima de ellos. Por otro lado, las semillas atraerían la humedad y formarían cristales más grandes, estos descenderían haciendo disminuir la cantidad de vapor de agua disponible e impediría la formación de cirros a mayor altura. Por supuesto, la propuesta no es simple, ni está libre de inconvenientes ya que la siembra solo puede hacerse en condiciones atmosféricas adecuadas y la siembra no puede rebasar unos límites, porque podría empeorar el problema. El segundo artículo estudia los pros y los contras de la siembra de nubes más densas mediante la liberación de grandes cantidades de azufre en la estratosfera. El efecto buscado es el que se produce de forma natural tras las grandes erupciones volcánicas. Un buen ejemplo fue la erupción del Pinatubo que, en 1991, liberó tal cantidad de cenizas y compuestos de azufre que aumentó la cobertura nubosa sobre el planeta impidiendo que una parte de la radiación solar alcanzase la superficie terrestre. Se ha calculado que la temperatura media del planeta descendió 0,5 ºC durante los meses posteriores a la erupción.
La liberación masiva de azufre en la atmósfera por métodos artificiales, como aviones y globos sonda, podría emular el efecto de las grandes erupciones volcánicas pero, según defienden Ulrike Niemeier y Simone Tilmes en su artículo, el sistema es complejo, requiere enormes medios durante decenas de años, es caro y los efectos secundarios pueden ser contraproducentes. Aunque el efecto positivo podría ser la bajada de temperatura media del planeta, su duración en el tiempo es limitada y solo se conseguiría retrasar los efectos del cambio climático, un retraso iría seguido de una recuperación si no se acompaña de una disminución de la emisión de gases de efecto invernadero. Entre los efectos negativos podría estar la desestabilización del ciclo hidrológico, lo que afectaría la disponibilidad de agua y reduciría la precipitación debida a los monzones. Los autores advierten que el grado de inyección necesario para un determinado nivel de enfriamiento es incierto porque varía mucho según los modelos de cálculo que se utilicen.

LEAVE A REPLY