El ser humano es un animal tribal. Todos pertenecemos a varias tribus, algunas embebidas unas en otras. El pueblo, la comarca, la provincia, la región, el país, el partido político, el equipo de fútbol… son tribus, que hemos listado en orden creciente de importancia aproximado, a las que podemos sentir que pertenecemos.
Todo el mundo estará de acuerdo, da igual las tribus a las que pertenezca, en que una vez nos sentimos integrados en una tribu, solemos favorecer a quienes consideramos miembros de la misma frente a otros. Investigaciones recientes han mostrado que esta tendencia necesita muy poco para manifestarse. El favoritismo irracional se ha observado incluso cuando se asigna arbitrariamente a unos individuos a un grupo y otros a otro basándose en criterios absurdos y arbitrarios, como, por ejemplo, quién tiene más pecas en el lado derecho de la cara. Resulta cómico, pero es cierto y, en realidad, trágico en los tiempos que corren.
La investigación también ha revelado que, por ejemplo, adultos y niños de 4 años o más muestran una preferencia por los miembros de su grupo, evalúan a los miembros de su grupo de manera más positiva, favorecen a los miembros de su grupo en el reparto de recursos y están más dispuestos a ayudar a los miembros de su grupo que necesitan asistencia.
¿Por qué la mera clasificación en un grupo basado en mínimos criterios es suficiente para inducir favoritismo con los miembros de ese grupo?
Se han considerado al menos cuatro diferentes hipótesis para explicar estos hechos. Una de ellas sugiere que el favoritismo en una manera de salvaguardar la autoestima. Esta hipótesis se resume en tres palabras: “somos los mejores”. Es bueno sentirse uno de los mejores con los demás de mi grupo.
Otra hipótesis mantiene que el favoritismo intragrupal es una norma adquirida y aprendida por los miembros del grupo. Esta hipótesis contempla que los niños aprenden pronto que los miembros de un mismo grupo se tratan bien entre sí y se favorecen para conseguir el máximo beneficio para el grupo en su conjunto. Este aprendizaje sería parte del proceso cognitivo de la socialización.
Una tercera hipótesis, el favoritismo intragrupal es una adaptación derivada del proceso evolutivo sufrido por nuestra especie. Este favoritismo sería una estrategia que se ha favorecido a lo largo de la evolución para asegurar el mayor beneficio personal por pertenecer a un grupo. Es resultado de un “toma y daca” de favores en las transacciones sociales entre los miembros de un grupo dado. El tratamiento preferencial a los miembros del grupo serviría para mantener un capital social con los miembros de ese grupo que revertiría a su debido tiempo en un beneficio para el miembro que ha favorecido a otros y que disminuiría el riesgo de exclusión del grupo.
Aún una cuarta hipótesis mantiene que el favoritismo es resultado de un proceso de moralización social, es decir, que está bien ayudar a los miembros del mismo grupo porque se tiene la obligación moral de ayudarlos frente a otros individuos que no pertenecen al grupo. Esta hipótesis, de ser cierta, dado lo conocido del desarrollo de las aptitudes morales en la infancia, predeciría que los niños muy pequeños ya esperarían de manera no aprendida que se produjeran comportamientos de favoritismo en el grupo. Sería algo así como que los seres humanos, al igual que nacemos con ciertas expectativas sobre el mundo físico, también nacemos con ciertas expectativas sobre el mundo social.

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