Suele decirse que comenzamos a comer por los ojos o por el olfato. Sin embargo, probablemente nadie piensa que se pueda engordar comiendo por los ojos o tan solo percibiendo los deliciosos aromas de un plato bien preparado. El olor de una buena comida, por supuesto, no nos va a engordar. ¿O sí?
Un grupo de investigadores estadounidenses y alemanes ha descubierto que el sentido del olfato, al menos en los ratones, ejerce por sí mismo un papel muy importante en la regulación del peso corporal y en el desarrollo de la obesidad.

Los científicos observaron que los ratones a los que se había hecho perder el olfato por métodos de manipulación genética perdían también peso, alrededor de un 16% del peso corporal que tenían antes de perder este sentido. Como una primera hipótesis para explicar esta observación, los investigadores propusieron que los ratones sin olfato comían menos que los normales. Sin embargo, cuando midieron las calorías que unos y otros animales ingerían comprobaron que no había diferencia. Tampoco había diferencias en la cantidad de nutrientes absorbidos por el intestino, ni en la cantidad de excrementos producidos. Por consiguiente, la pérdida de peso asociada a la pérdida del olfato tenía que ser debida a otras causas.

Curiosamente, la pérdida de peso se producía incluso cuando se sometía a los ratones a comer forzosamente una dieta rica en grasas, lo que los convierte en obesos. En este caso, una vez obesos, el tratamiento con la toxina de la difteria para hacerles perder el olfato condujo a una pérdida de peso de un tercio del peso inicial, lo que es verdaderamente enorme. Para una persona, supondría pasar de pesar 100 kilos a pesar solo 67.

Si la pérdida del olfato conduce a una pérdida de peso, ¿podría un olfato superior al normal conducir a una ganancia de este, incluso a la obesidad? Para comprobarlo, los científicos generaron un ratón con un súper olfato también mediante manipulación genética. Estos ratones ganaron peso y desarrollaron enfermedades metabólicas como la resistencia a la insulina, es decir, se convirtieron en diabéticos de tipo dos.

Estos estudios tal vez permitirán el desarrollo de estrategias basadas en la manipulación del olfato para combatir la obesidad o controlar el apetito. Quizá un perfume adelgazador, en lugar de embriagador, sea lo próximo que nos encontremos, de venta en farmacias.

 

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