Cómo descarbonizar la economía

Existe un amplio consenso sobre la grave amenaza del cambio climático y la necesidad de alcanzar la neutralidad en las emisiones de CO2 antes de 2050. La Unión Europea ya se ha comprometido a reducirlas en un 40 por ciento para 2030 (con respecto a 1990) y la nueva Comisión Europea pretende incrementar ese objetivo hasta el 55 por ciento. Pero las sucesivas Cumbres del Clima no logran arrancar a los Gobiernos compromisos firmes por temor a que la descarbonización suponga costes inasumibles para el PIB y el empleo. Desde nuestra perspectiva, sí es posible, pero con una profunda transformación de la economía.

Capturar y almacenar el CO2 que generan los combustibles fósiles tiene un coste elevado, por las infraestructuras que se necesitan para almacenar el gas en depósitos subterráneos, de capacidad limitada. Y, aunque los biocombustibles (en la práctica, neutros en carbono) puedan ofrecer parte de la solución, es poco probable que se produzcan en suficiente cantidad.En cuanto a los combustibles sintéticos, no existe una limitación a su producción y podrían estar libres de emisiones en la medida en que se sinteticen con electricidad de origen renovable. No obstante, su coste tenderá a ser siempre superior al de la electricidad, pues esta es uno de sus principales insumos.

Las instalaciones eólicas y fotovoltaicas ya existentes producen electricidad con costes competitivos respecto a la energía del gas y del carbón. El problema es que son «intermitentes», porque dependen de que sople el viento o brille el sol. Las centrales hidroeléctricas pueden ajustar su funcionamiento para producir electricidad cuando la necesitamos, pero su potencial de desarrollo es limitado.

En España, las instalaciones de energía renovable (incluida la hidráulica) contribuyen ya al 40 por ciento de toda la producción de electricidad, algo impensable hace una década, pero la intermitencia de esta producción hace difícil que a corto plazo se supere el 75 por ciento. No obstante, la rápida caída del coste de las baterías y la creciente capacidad de la demanda eléctrica para adaptarse a las variaciones de los precios harán que entre 2045 y 2050 toda la electricidad esté libre de emisiones.

El problema es que, en la mayoría de los países industrializados, la electricidad tiene un peso reducido en el consumo total de energía: en torno al 25 por ciento. De ahí que, aunque lográramos producir toda la electricidad con fuentes renovables, estaríamos muy lejos de un sistema energético sin emisiones. Por consiguiente, «descarbonizar» la economía requerirá «electrificarla», es decir, pasar de consumir combustibles fósiles a usar electricidad, y que esta sea de origen renovable.

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